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No condenes a nadie por no pensar como tú. Que cada uno goce de la plena y libre libertad de pensar por sí mismo. Que cada uno use su propio juicio, ya que cada uno debe dar cuenta de sí mismo a Dios. Aborreced todo acercamiento, en cualquier clase o grado, al espíritu de persecución; si no podéis razonar ni persuadir a un hombre de la verdad, no intentéis nunca obligarle a ella. Si el amor no le obliga a venir, déjale a Dios, juez de todos.