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Además, nuestra acción sobre los demás, tanto buena como mala, es tan fortuita y aleatoria, que rara vez podemos oír los agradecimientos de una persona que quisiera darnos las gracias por un beneficio, sin cierta vergüenza y humillación. Rara vez podemos dar un golpe directo, sino que debemos contentarnos con uno oblicuo; rara vez tenemos la satisfacción de rendir un beneficio directo, que se recibe directamente.