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Todos los hombres, en abstracto, son justos y buenos; lo que les impide, en particular, es el predominio momentáneo de lo finito e individual sobre la verdad general. La condición de nuestra encarnación en un yo privado, parece ser, una perpetua tendencia a preferir la ley privada, a obedecer el impulso privado, con exclusión de la ley del ser universal.