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El hombre cuyo pecho ni la riqueza ni el lujo ni la grandeza pueden hacer feliz puede, con un libro en la mano, olvidar todos sus tormentos bajo la sombra amistosa de cualquier árbol; y experimentar placeres tan infinitos como variados, tan puros como duraderos, tan vivos como inmarcesibles, y tan compatibles con todo deber público como contribuyentes a la felicidad privada.