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Rara vez parecían felices. Se cruzaban sin decir palabra en el ascensor, como sombras silenciosas en el infierno, empeñadas en la próxima mirada de un apuesto desconocido. El siguiente subidón de un gamberro. La siguiente canción que les convertía los huesos en gelatina y los dejaba a todos en la pista de baile con la cabeza hacia atrás, los ojos casi cerrados, en el éxtasis de los santos que reciben los estigmas.