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El corazón de París no se parece en nada al interminable interior de una casa. Los edificios se convierten en muebles, los patios en alfombras y arrases, las calles son como galerías, los bulevares conservatorios. Es una casa de uno o dos siglos de antigüedad, rica, burguesa, distinguida. La única forma de salir, o de cerrar la puerta tras de sí, es abandonar el centro.