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Cuando llegabas a la mesa no podías ponerte a comer directamente, sino que tenías que esperar a que la viuda agachara la cabeza y refunfuñara un poco por las vituallas, aunque en realidad no tenían nada de malo. Es decir, nada, sólo que todo estaba cocinado por sí mismo. En un barril de chucherías es diferente; las cosas se mezclan, y el jugo como que cambia, y las cosas van mejor.