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Cuando un amigo es llevado a la tumba, enseguida encontramos excusas para cada debilidad y paliativos para cada falta. Recordamos mil cariños, que antes se deslizaban de nuestra mente sin impresión, mil favores no pagados, mil deberes no cumplidos; y deseamos, vanamente deseamos, su regreso, no tanto para recibir como para otorgar felicidad, y recompensar esa bondad que antes nunca comprendimos.