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Y cuando, en el atardecer de la vida, las nubes doradas descansen dulce e invitadoramente sobre las montañas doradas, y la luz del cielo se derrame a través de las nieblas de la muerte, te deseo una entrada pacífica y abundante en ese mundo de bendición, donde el gran enigma de la vida se te revelará en la rápida conciencia de un alma redimida y purificada.