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Nuestros sabios de bendita memoria han dicho que no debemos disfrutar de ningún placer en este mundo sin recitar una bendición. Si comemos cualquier alimento, o bebemos cualquier bebida, debemos recitar una bendición sobre ellos antes y después. Si respiramos el olor de la hierba buena, la fragancia de las especias, el aroma de las frutas buenas, pronunciamos una bendición sobre el placer. Lo mismo se aplica a los placeres de la vista. Y lo mismo se aplica a los placeres del oído.