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Se ha dicho que los hombres llevan a cabo una especie de cabotaje con la religión. En el viaje de la vida, profesan estar en busca del cielo, pero tienen cuidado de no aventurarse tan lejos en sus aproximaciones a él, como para perder completamente de vista la tierra; y si su frágil embarcación está en peligro de naufragio, con mucho gusto tirarán sus queridos vicios por la borda, como otros marineros sus tesoros, sólo para pescarlos de nuevo cuando pase la tormenta.