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Las últimas consecuencias del espíritu individualista en la vida económica son las que vosotros mismos, Venerables Hermanos y Amados Hijos, veis y deploráis: La libre competencia se ha destruido a sí misma; la dictadura económica ha suplantado al libre mercado; la ambición desenfrenada de poder ha sucedido igualmente a la codicia de lucro; toda la vida económica se ha vuelto trágicamente dura, inexorable y cruel.