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Debe ser el primer esfuerzo de un escritor distinguir la naturaleza de la costumbre; o lo que está establecido porque es correcto, de lo que es correcto sólo porque está establecido; para que no pueda violar los principios esenciales por un deseo de novedad, ni privarse de la consecución de bellezas a su alcance, por un temor innecesario de romper las reglas que ningún dictador literario tenía autoridad para promulgar.