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Así, de generación en generación, la iglesia espiritual se eleva hacia su perfección; y, aunque uno tras otro los obreros pasan, el tejido permanece, y el gran Maestro constructor continúa la empresa. Es nuestro deber construir nuestra porción de una manera sólida y sustancial, para que los que vengan después de nosotros puedan estar agradecidos por nuestra minuciosidad e inspirados por nuestro ejemplo.