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El último espectáculo del que los hombres cristianos pueden cansarse es un puerto. Dentro de unos siglos puede haber lugares de salto para las estrellas, y los hijos de nuestros hijos, y así sucesivamente, pueden considerar un barco como una cosa rastrera apenas más aventurera que un gusano. Mientras tanto, cada puerto nos da la sensación de estar en contacto, si no con los confines del universo, con los confines de la tierra.