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El submarinismo, desde el principio, tuvo un aire de atractivo peligroso. Todos los escolares sin salida al mar conocían sus intrigantes peligros: las curvas, que hacían que las venas de un buceador se llenaran de sangre carbonatada hasta que sufría una muerte espantosa y percolante; y el éxtasis de las profundidades, que le quitaba la razón, le llenaba el corazón de falsa satisfacción y le arrastraba hacia las tinieblas del océano.