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Como en misteriosa y trascendente unión lo divino toma en sí lo humano en la persona de Jesús, y la eternidad se mezcla con el tiempo; nosotros, confiando en Él, y rindiéndole nuestros corazones, recibimos en nuestras pobres vidas una semilla incorruptible, y para nosotros las realidades que satisfacen el alma y que permanecen para siempre se mezclan con las sombras que pasan y se alcanzan a través de ellas.