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  • Un hombre, al menos, es libre; puede explorar todas las pasiones, todas las tierras, superar los obstáculos, saborear los placeres más lejanos. Pero una mujer se ve continuamente frustrada. Inerte y flexible al mismo tiempo, debe luchar contra la blandura de su carne y la sujeción a la ley. Su voluntad, como el velo atado a su sombrero por un cordel, se agita con cada brisa; siempre hay algún deseo que la atrae, alguna convención que la retiene.

    Gustave Flaubert (2010). “Madame Bovary: (Penguin Classics Deluxe Edition)”, p.92, Penguin