-
Una práctica perfecta del cristianismo consistiría, por supuesto, en una imitación perfecta de la vida de Cristo, es decir, en la medida en que fuera aplicable a las circunstancias particulares de cada uno. No en un sentido idiota: no significa que cada cristiano deba dejarse crecer la barba, o ser soltero, o convertirse en un predicador ambulante. Significa que cada acto y sentimiento, cada experiencia, sea agradable o desagradable, debe remitirse a Dios.