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Cada acento, cada énfasis, cada modulación de voz, estaba tan perfectamente bien dirigido y colocado, que, sin estar interesado en el tema, uno no podía evitar sentirse complacido con el discurso; un placer muy parecido al que se recibe de una excelente pieza musical. Esta es una ventaja que tienen los predicadores itinerantes sobre los estacionarios, ya que estos últimos no pueden mejorar la predicación de un sermón con tantos ensayos.