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Era un viejo y alegre pedagogo, hace mucho tiempo, alto y delgado, cetrino y seco; su figura era encorvada y su andar lento, su pelo largo y fino era blanco como la nieve, pero en sus ojos brillaba un brillo maravilloso. Y cantaba todas las noches al acostarse: "Seamos felices aquí abajo: Los vivos deben vivir, aunque los muertos estén muertos". Dijo el viejo y alegre pedagogo hace mucho tiempo.