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La crisis del efecto invernadero es la factura que hay que pagar por la Revolución Industrial. No es un accidente. Es el resultado lógico de nuestra visión del mundo: la idea de que podemos controlar las fuerzas de la naturaleza, de que podemos obtener beneficios a corto plazo sin pagar por ello, de que no hay límites a la explotación del medio ambiente, de que podemos producir y consumir más deprisa de lo que la naturaleza es capaz de reponer.