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No esperes a lo que pueda suceder mañana; el mismo Padre eterno que cuida de ti hoy, cuidará de ti mañana y todos los días. O bien te librará del sufrimiento, o bien te dará una fuerza inagotable para soportarlo. Quédate, pues, en paz, deja a un lado todos los pensamientos e imaginaciones angustiosos, y di continuamente: 'El Señor es mi fuerza y mi escudo; mi corazón ha confiado en Él y soy ayudado. Él no sólo está conmigo, sino en mí, y yo en Él".