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En Egipto, me encantaba el perfume del loto. Una flor florecía en el estanque al amanecer, llenando todo el jardín de un almizcle azul tan poderoso que parecía que hasta los peces y los patos se desmayaban. Por la noche, la flor podía marchitarse, pero el perfume perduraba. Cada vez más tenue, pero nunca desaparecía del todo. Incluso muchos días después, el loto permanecía en el jardín. Pasaban los meses y una abeja se posaba cerca del lugar donde había florecido el loto, y su esencia volvía a liberarse, momentánea pero innegable.