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Todavía queda un esfuerzo de magnanimidad, un sacrificio de prejuicios y pasiones, que deben hacer los individuos de toda la nación que hasta ahora han seguido las normas del partido político. Es el de desechar todo vestigio de rencor mutuo, de abrazar como compatriotas y amigos, y de ceder únicamente a los talentos y a la virtud esa confianza que en tiempos de contienda por principios se otorgaba sólo a quienes llevaban la insignia de la comunión partidaria.